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Träume 8

 

Arlt y Masotta
Germán Schwindt

Silvio Astier “Fue un sueño densísimo, a través de cuya oscuridad se deslizó esta alucinación: En una llanura de asfalto, manchas de aceite violeta brillaban tristemente bajo un cielo de buriel. En el zenit otro pedazo de altura era de un azul purísimo.  Dispersos sin orden, se elevaban por todas partes cubos de portland. (…)  De pronto del horizonte hacia el zenit se alargó un brazo horriblemente flaco.  Era amarillo como un palo de escoba, los dedos cuadrados se extendían unidos.  Retrocedí espantado, pero el brazo horriblemente flaco se alargaba, y yo esquivándolo me empequeñecía, tropezaba con los cubos de portland, me ocultaba tras ellos; espiando, asomaba el rostro por una arista y el brazo delgado como el palo de una escoba, con los dedos envarados, estaba allí, sobre mi cabeza, tocando el zenit. (…)

Era un pedazo de frente abultada, una ceja hirsuta y después un trozo de mandíbula. Bajo el párpado arrugado estaba el ojo, un ojo de loco. La córnea inmensa, la pupila redonda y de aguas convulsas.  El párpado hizo un guiño triste...”

En clave de vanguardia un joven Roberto Arlt, publicó, con otro título, su primera novela “La vida puerca”. De aquí el sueño del personaje-narrador, adelanta una cualidad del objeto, cuando figura las trizas de un cuerpo.

En 1965, Oscar Masotta lee en el salón de Artes y Ciencias “Roberto Arlt, yo mismo”, mientras “leyendo a Freud y Lacan” en 1964 había comunicado, Jacques Lacan y el inconsciente en los fundamentos de la filosofía. En saludo al Folletín, del escritor y del precursor de la entrada de Lacan en Argentina, continúa la Bibliografía.


BIBLIOGRAFÍA

 

Plegaria para un niño dormido
Matías Meichtri Quintans

Puede leerse en el Seminario 11 una experiencia de la vida cotidiana de Lacan en la que trauma y sueño convergen.

En la escena están un niño traumatizado, su madre y Lacan. Traumatizado porque a pesar del esfuerzo precoz por soltar un sonido con el que busca retener a Lacan, éste se va sin responder.

De esa escena se deduce lo que implica para cada uno ingresar al lenguaje. El sacrificio faunético [1] del niño por convertir un sonido en llamado no logra el efecto buscado.

No hay respuesta del Otro, sólo ausencia.

Relata Lacan haber visto, tiempo después, la respuesta sintomática del niño cuando lo tomaba en brazos: "apoyar su cabeza en mi hombro para hundirse en el sueño, que era lo único que podía volverle a dar acceso al significante viviente que yo era desde la fecha del trauma"[2].

Así, el cuerpo de Lacan se vuelve significante viviente para ese niño que, haciéndose sostener mientras duerme, encuentra la manera de garantizar la presencia del padre.

La palabra sueño, utilizada por Lacan, sugiere que la retirada del niño de su vida de vigilia implica suspender las funciones vitales que lo mantendrían despierto. Pero también evoca que con ese recurso surge la solución onírica de apropiarse del adulto.

Sumido en el silencio del sueño, el pequeño regresa al lazo con aquel que, ahora, no necesita llamar para que esté ahí.

El efecto mortificante del significante parece no operar en esa escena en la que el niño suspende la vitalidad condensada por los objetos en su circuito con el Otro.

"Que nadie despierte al niño"[3] reza aquella Plegaria que bien valdría, por esta vez, reformular: que alguien despierte al niño.


NOTAS

  1. Lacan, J.: “Joyce el Síntoma” en Otros Escritos, Paidós, Buenos Aires, 2012, pág. 591.
  2. Lacan, J.: El Seminario de Jacques Lacan Libro 11 Los Cuatro Conceptos Fundamentales del Psicoanálisis. 1964, Buenos Aires, Paidós, 2001, pág. 71.
  3. Spinetta, L. A.: “Plegaria para un niño dormido”, en Almendra, RCA. Sony Music, 1969.